Me jode la gente que va de algo. Y mira que se puede ir de cosas, pero enseguida se nota. Todos ésos que van de diferentes, y sobre todo los que van de mejores. No es que sean superiores, o que simplemente se crean superiores (a todos éstos también se les nota, sobre todo si superiores... intelectualmente, más que nada porque a veces es imposible seguirles una conversación: ya sabeis todos de qué hablo, ¿verdad? Esas conversaciones en que sonríes, pones cara de circunstancias, arqueas la ceja... según la expresión de quien tienes delante, y no por lo que dice), no, decía; es que sonse hacen los superiores, van de superiores. Da igual de en qué aspecto. Y da igual lo que digas, siempre tendrán una frase para rebatirte, porque así piensan ellos que son los seres superiores: siempre tienen razón.
También me joden los que van de diferentes. No, no los excéntricos ni los extravagantes, ni las tribus urbanas que sienten lo que son; a todos ésos se les nota que, simplemente, son así. No, hablo de ésos que ya de por sí se sienten excluídos vaya usted a saber por qué y cuya única defensa frente al mundo es ir de diferente, y escupirle en un ojo a todo aquel que les dice que están haciendo el ridículo.
Ojo: también están los que van de simples y planos. Los que van de supercoleguis. Ésos que siempre tienen una mirada cómplice para darte la razón en silencio, aunque no sepan de qué estás hablando, pero en el momento que abren la boca es para sentar cátedra, a ser posible, encima de tus riñones. Por supuesto, faltaría más: nadie mejor que ellos, que son tan simples y planos, para dar la versión más centrada, equilibrada, simple y plana de cualquier asunto. Sea el que sea. Su experiencia, su mundo, les hace saber absolutamente cualquier cosa sobre cualquier tema. Son como las supermodelos de concurso: cómo nos queremos todas pero en cuanto desapareces te dan la estocada por la espalda.
Los hay que van de lujosos cuando no tienen dónde caerse muertos. Éstos me dan pena porque no se dan cuenta de lo innecesario de su ridículo, ni de que ya todos conocemos al milímetro los logotipos de todas las supermarcas. Y también todo lo contrario: los que van de progre o pobretón cuando les salen billetes del culo. Como si el saber que tienen dinero fuera a sentar mal al resto, o fueran a hacerles el vacío. Como si a los demás les molestara que realmente sean superiores en algún aspecto.
Y es que no nos contentamos con nada. No queremos ser lo que somos, ni estar dónde estamos, ni tener lo que tenemos. Bien, pues desde hoy yo me declaro diferente. Soy lo que soy, estoy donde estoy y tengo lo que tengo, y nada en el mundo puede cambiar éso de repente. No puedo ser otra persona, ni estar en otro sitio sino en el que estoy, ni tener más ni menos que lo que tengo, sólo para que los demás tengan una opinión diferente de mí. Tan sólo espero que nadie piense de mí que voy de algo diferente de lo que soy, estoy, tengo, porque no quiero ser, estar, tener, algo diferente, ni que la gente que me quiere no sepa en realidad nada de mí.
Si no gusto como soy, allá el mundo. Qué coño, ya tengo una edad...
También me joden los que van de diferentes. No, no los excéntricos ni los extravagantes, ni las tribus urbanas que sienten lo que son; a todos ésos se les nota que, simplemente, son así. No, hablo de ésos que ya de por sí se sienten excluídos vaya usted a saber por qué y cuya única defensa frente al mundo es ir de diferente, y escupirle en un ojo a todo aquel que les dice que están haciendo el ridículo.
Ojo: también están los que van de simples y planos. Los que van de supercoleguis. Ésos que siempre tienen una mirada cómplice para darte la razón en silencio, aunque no sepan de qué estás hablando, pero en el momento que abren la boca es para sentar cátedra, a ser posible, encima de tus riñones. Por supuesto, faltaría más: nadie mejor que ellos, que son tan simples y planos, para dar la versión más centrada, equilibrada, simple y plana de cualquier asunto. Sea el que sea. Su experiencia, su mundo, les hace saber absolutamente cualquier cosa sobre cualquier tema. Son como las supermodelos de concurso: cómo nos queremos todas pero en cuanto desapareces te dan la estocada por la espalda.
Los hay que van de lujosos cuando no tienen dónde caerse muertos. Éstos me dan pena porque no se dan cuenta de lo innecesario de su ridículo, ni de que ya todos conocemos al milímetro los logotipos de todas las supermarcas. Y también todo lo contrario: los que van de progre o pobretón cuando les salen billetes del culo. Como si el saber que tienen dinero fuera a sentar mal al resto, o fueran a hacerles el vacío. Como si a los demás les molestara que realmente sean superiores en algún aspecto.
Y es que no nos contentamos con nada. No queremos ser lo que somos, ni estar dónde estamos, ni tener lo que tenemos. Bien, pues desde hoy yo me declaro diferente. Soy lo que soy, estoy donde estoy y tengo lo que tengo, y nada en el mundo puede cambiar éso de repente. No puedo ser otra persona, ni estar en otro sitio sino en el que estoy, ni tener más ni menos que lo que tengo, sólo para que los demás tengan una opinión diferente de mí. Tan sólo espero que nadie piense de mí que voy de algo diferente de lo que soy, estoy, tengo, porque no quiero ser, estar, tener, algo diferente, ni que la gente que me quiere no sepa en realidad nada de mí.
Si no gusto como soy, allá el mundo. Qué coño, ya tengo una edad...



